Los nervios llegaron temprano a la cita. Era el momento, jueves 26 de abril y el reloj en punto de las dos de la tarde. Casi 1600 personas aguardaban para escuchar mis palabras; yo estaba listo para hablarles o, por lo menos, creía estarlo.
El presentador dijo algo así como “con ustedes, Daniel Aguilar”, y las luces del escenario brillaron con un poco más de fuerza. Digo “algo así” porque no lo entendí completamente: lo dijo en portugués.
Sentí como si mi estómago se pusiera de cabeza. No sentí el aleteo de las mariposas; sentí como si la migración entera de las Monarca hubiera hecho una escala de último momento entre mis tripas.
Alguna fuerza extraña me hizo mover un pie rumbo al escenario, después el otro y de nuevo el movimiento inicial. Días atrás había visitado el lugar frente a los reflectores, había “practicado” el movimiento; había visto de cara a esas 1600 personas atentas. “Estoy preparado” pensé. Pero al escuchar mi nombre y el aplauso de bienvenida, el escenario, como si fuese un Transformer, triplicó su tamaño y la audiencia cuadruplicó el suyo. Oh Dios.
Y aquí vamos: levanta la cara, yergue la espalda, respira hondo y salta al ruedo con aparente confianza… sí, aquí vamos.
¿Hola a todos! ¿Cómo estan? ¿Todo bien?… ¡Eu estou, muito muito muito… muito muito muito feliz yi estar aquí en Brasil!
Y con todo cariño, los 1600 presentes me regalaron un aplauso, puse play al siguiente video, y ahí comenzaron unos de los 90 minutos más intensos, difíciles y gratificantes de mi vida…
DANIEL AGUILAR (SUB) from Lifetime Cinema on Vimeo.
Mientras estaba en el escenario, mi mente viajaba más rápido que la velocidad de la luz: pensaba en no olvidar qué tenía que decir en cada una de las más de 100 diapositivas que tiene mi presentación. “No la vayas a cagar, Daniel, no se te vayan a olvidar las cosas”. Días antes ya me habían dado una noticia: no puedes ver tus notas durante la presentación: lo que tú ves es lo que el público ve. Adiós zona de confort, y me puse a estudiar.
Cuando haces una presentación en tu idioma y éste es el mismo de la audiencia, las cosas cambian. Es más fácil leer al público y saber si están enganchados, si están aburridos, si necesitas de alguna forma acelerar o frenar tus emociones. Hablar en un escenario es muy difícil y apasionante. Empero, con el tiempo comienzas a descubrir mil y un cosas increíbles de cómo conectar con tu audiencia. El problema viene cuando ni tú hablas el idioma de la audiencia ni ellos entienden el tuyo. Muchas expresiones, o bromas en español, o muletillas incluso, que funcionan en tu idioma, de nada van a servir aquí. Simplemente estás fuera de tu zona de seguridad, o al menos es lo que yo sentía.
Mi corazón les hablaba, pero mi mente no se detenía: ¿Estarán sintiendo mi mensaje? ¿Estaré moviéndome bien en el escenario’? Maldito tiempo, se está yendo muy rápido y apenas estoy empezando… el pinche escenario es enorme, ¿por qué demonios siento que está tan lejos llegar al público del otro lado y regresar’? No te olvides de hacer pausas y verlos a la cara; no te olvides ahora de hacer lo mismo con la audiencia del otro lado. Despacio pero rápido, el tiempo te come…
Sin embargo, poco a poco las palabras iban teniendo mas coherencia, me empecé a despojar de tanto pensamiento, y todas las ideas que me atormentaban fueron cayendo poco a poco: la carga era más ligera y mi mente estaba clara. No tenía en control del escenario, sentí que nunca lo tuve, pero sentía cómo, poco a poco, regresaba a su tamaño original y podía moverme con más libertad.
No hice otra cosa que hablar desde el fondo del corazón, decir aquellas cosas que me motivaron en mi carrera, las que me hicieron dudar, las que enfrenté con valor y las que me hicieron sentir terror de confrontar. Hablé de fotografía, de lo que me apasiona de ella; de lo que creo es correcto y que todos los que amamos esta profesión debemos trabajar. Hablé con el corazón y traté de decirle a esta bella gente que me escuchaba, que esta carrera no es fácil, pero que todo es posible; que crean en ellos, que tengan hambre y que trabajen, trabajen y trabajen mucho, sin parar, sin descanso, sin bajar la guardia.
Ahí, en medio de 1600 personas, di una parte de mi corazón y, de repente, cada uno de esos asistentes me regaló un pedacito del suyo. Mis ojos vieron cómo uno a uno se levantaban de sus asientos para darme su cariño en sus aplausos, su apoyo, su camaradería.
El tiempo pareció detenerse. Bajé la guardia y pude disfrutar de uno de los instantes más bellos de mi vida, un instante pequeño en el que sientes que los esfuerzos han valido la pena, en el que sentí a mi padre cerca, a mi madre, a mi esposa y a mis hermosos hijos; a la gente, a mis maestros, a todos los que han creído en mí…
Gracias Dios, familia, mi Vero, mis hijos, todos… gracias… ustedes me trajeron aquí.
El tiempo seguía lento, bello, increíble.

Foto: Julieta Schwartzmann
Hoy vuelvo a ver esa foto, ese instante, y no me queda más que agradecerle a la vida, al Creador y a la bella gente de Brasil por haberme dado la dicha de ese instante. Gracias por su cariño, por su apoyo, por confiar en mí.
Gracias Brasil: me has inyectado nuevas ganas de comerme al mundo, de tener grandes metas, de ir a confines nuevos y de enfrentar retos que parezacan imposibles.
Gracias por darme esa bocanada de inspiración, gracias Brasil, nunca olvidaré tu cariño, nunca olvidaré que me regalaste uno de los momentos mas lindos de mi vida, ¡muchas gracias!